¿Cuánto vale la felicidad de un niño?

¿Cuánto vale la felicidad de un niño?

Resulta casi imposible cuantificar la felicidad, podemos decir que es mucha, poca o bastante pero la realidad depende de la percepción de cada persona. Por este motivo lo que a unos les produce más o menos indiferencia a otros les puede hacer muy felices y viceversa. Por otro lado están los sueños, esas sensaciones de que algo casi imposible se convierta en realidad y que cuando se producen nos acercan a una tremenda felicidad.

En el viaje a Disneyland París, como mínimo se han cumplido tres sueños y se ha hecho increíblemente feliz a tres niños que han tenido la sensación de estar dentro de una historia de fantasía y magia. Las caras de asombro al ver a los personajes Disney, las risas en las atracciones y la ilusión de los pequeños muy probablemente hayan hecho subir ese mínimo de tres sueños cumplidos, si tenemos en cuenta a los padres al ver a nuestros hijos con todo ese cúmulo de sentimientos.

Parece lógico que ya que hablamos de Disney, hablemos de cuentos. El protagonista de este bonito cuento es Adriel, un niño que lleva justo un año luchando contra el cáncer, y que tenía un sueño, viajar a Disneyland París. También aparecen sus padres y hermano pequeño, que han sufrido y acompañado a Adriel durante su enfermedad, la Fundación Juan Peregrín, interpretando el papel de “Hada de los Deseos”, y trabajadores de Calconut S.L., organizando, acompañando y preocupándose para que todo saliera a la perfección.

Nuestro cuento comienza en un pueblo llamado Pulpí, en Almería. De allí son casi todos los protagonistas y allí es donde vive Adriel. Un día recibió una llamada para ir a Calconut y recibir un premio de la Fundación Jaun Peregrín, pero no de un premio cualquiera, era un premio que haría cumplir un sueño, iba a viajar a Disneyland París con toda su familia. Los cuentos se pueden producir en cualquier fecha pero dicen que los más bonitos se producen en torno a la Navidad, por lo que éste no podía ser menos. El fin de semana antes de Nochebuena se hacía realidad el viaje, saliendo desde Málaga  en avión rumbo a París. Alojamiento al lado del parque, una noche durmiendo poco por los nervios y a la mañana siguiente, bonjour, nous sommes déjà à Disneyland París!

Nada más entrar, con la imagen del Castillo de la Bella Durmiente al fondo, se puede ver a los niños, con los ojos como platos, llamando la atención de los padres al grito de: “Ala, mira, mira, es el castillo, y eso es…  y aquello es…”, como si fuera algo que sólo estuviera ante sus ojos y los mayores no nos hubiéramos percatado. El laberinto de Alicia en el País de las Maravillas, el viaje en tren y el desfile de Navidad por las calles del parque acaban con una comida tipo buffet en un restaurante ambientado en el siglo XX. Por la tarde foto de recuerdo con el autentico Mickey Mouse, visita a la atracción Piratas del Caribe y paseo en barca por La Pequeña Ciudad para acabar en el mítico Carrusel antes de cenar y caer dormidos después de un día de emociones fuertes.

El segundo día en el parque no tiene nada que envidiar al primero. Multitud de atracciones, más fotos con los personajes Disney, viaje por Ratatuille en 3D, comida en un restaurante americano y en el gran teatro Disney, espectáculo de “Mickey y la Magia”, para dar final a la visita a Disneyland París. Como colofón al viaje la visita a la torre Eiffel, emblema de París para una foto familiar de recuerdo.

El último día no se visita el parque pero lo vivido en los días anteriores no borra la sonrisa de Adriel y los otros niños, que con la experiencia de volver a subirse en el avión y contar a sus amigos el fin de semana hace que la ilusión perdure aún más tiempo.

Finalmente, no nos podemos olvidar de responder a la pregunta inicial de ¿Cuánto vale la felicidad de un niño? Pues bien, después de utilizar complejos algoritmos matemáticos, leer a los psicólogos más célebres y, principalmente, ver la cara de Adriel durante todo el fin de semana, he llegado a la conclusión que la respuesta es lo que decía un personaje de Disney, la felicidad de un niño vale: “¡Hasta el infinito y más allá!”.

Y colorín colorado, la fábrica de sueños de la Fundación Juan Peregrín solo ha empezado.

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